A veces ver una hoja completamente vacía nos asusta. Estamos frente a la duda, dudamos de todo. De nosotros depende en que se tranforme esa hoja.
Yo creo que el famoso miedo a la página en blanco es el miedo a la vida misma, porque, al fin y al cabo, la vida es una página en blanco, viene vacía, y somos nosotros quienes la llenan, hilando las decisiones, una detrás de otra, dejando atrás un pasado, viviendo un presente y esperando un futuro.
Así es como ocurre con las palabras también, las vamos hilando, y juntas forman una oración, éstas, a la vez, forman un texto. Y, sin darnos cuenta, tenemos una historia.
Todo escritor sabe del miedo a lo vacío, pero todo buen escritor, sabe que más miedo dan las ideas que no han sido expresadas, porque una idea reprimida es un alfiler en el tablero de las tareas pendientes, es una punzada en el pozo del olvido, es un grito para despertar a la mente, al alma. Una idea no expresada es un recado que debe ser cumplido.
Por eso, a veces, algo vacío, nuevo, no es lo que nos da miedo, sino que lo es lo que vamos a poner en ese lugar vacío, lo que da miedo de la página en blanco es que todas las decisiones recaen en nosotros, por lo tanto, los errores también.
Entonces, un buen autor es, simplemente, el que sabe llenar de colores una página en blanco.
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